Por qué necesitamos personajes SUD que no quepan sólo en un chiste
Por Rafael Vázquez
Hay una prueba sencilla que se puede hacer con cualquier tradición religiosa representada en la ficción hispanoamericana: preguntarse si sus personajes pueden ser al mismo tiempo devotos y “caídos”. El padre Amaro no es el único cura de la ficción (o de la realidad) que puede actuar contra su determinación de seguir a Dios. Más aún, la literatura está plagada de sacerdotes que dudan de Dios y siguen oficiando misa. Una mujer evangélica puede predicar la prosperidad y cargar una herida familiar que la fortuna no cura. No es necesario siquiera explicarlo, la fe católica o evangélica o judía o islámica de un personaje puede cohabitarlo con la ambición, el deseo, el resentimiento, la ternura torpe, la duda. Esa complejidad se da por sentada. Nadie tiene que demostrar que un personaje católico puede ser, a la vez, piadoso y humano.
Con los personajes mormones, no es igual. Al menos no con los que se generan en español.
Un catálogo breve, y lo que revela
Hace poco mi querido amigo y mentor James Goldberg escribió lo que yo llamaría un auténtico manifesto a propósito de que la novela corta A Short Stay in Hell de Steven Peck ha sido incluida en el catálogo de Penguin Random House. Tengo desde hace años la inquietud de saber qué se hace al sur del río Bravo.
El asunto con la novela de Peck no es que él mismo sea mormón, sino que el personaje principal de la historia lo es. Hoy no se trata de escritores SUD, sino de personajes SUD. Desde hace tiempo he buscado personajes Santos de los Últimos Días en la ficción escrita originalmente en español —literatura, cine, series, cortometrajes— y el catálogo es, a la vez, revelador y desalentador.
Está Hugo Sánchez, el leal asistente de Chava Iglesias en Club de Cuervos. En cierto punto, Hugo Sánchez confronta a su familia, que según la historia es una familia SUD y tiene una funeraria, y les dice que ya no quiere ser mormón, pero su “origen mormón” funciona como el germen de todas sus rarezas o como una más en una lista de curiosidades al lado de su fanatismo por los Thundercats y su virginidad implícita, aunque también lo hace peculiarmente bien intencionado y cándido. En este caso la fe no se explica, solo es parte del decorado del personaje que, si bien puede hacer durante años el trabajo de asistente sin cobrar, por puro apego personal y brindar cuidados amorosos a una anciana moribunda, sí recibe la retribución “divina” en la forma de la herencia de su “novia” (la anciana) pero también es capaz de irse a trabajar con un hampón criminal de cuello blanco para subsanar la ausencia de su jefe.
Por otro lado están los misioneros jóvenes de la película Minezota, de Carlos Enderle (2016), quien no es SUD. Ellos llegan a un barrio de Ciudad Nezahualcóyotl y fungen como catalizadores de la crisis sentimental de Violeta, que está decidida a tener un hijo, pero cuyo novio está concentrado en su carrera musical. Uno de los misioneros carga además con una represión sexual que la película nunca examina del todo, solo la usa como giro dramático. El estereotipo del joven misionero que se convierte en el amante de Lady Chatterley.
En ambos casos el patrón es el mismo: el personaje SUD es un forastero doméstico, alguien reconociblemente extraño dentro de lo cotidiano —la camisa blanca, la corbata, el gafete, el recato y la amabilidad— cuya función es desestabilizar la vida de alguien más. Es un dispositivo narrativo, no una persona. Tiene una fe, pero no tiene una vida interior hecha de esa fe: tiene una fe que la trama usa y luego abandona. Son juguetes con forma humana, casi desprovistos de voluntad y agencia.
Cuando Jorge Ramírez me invitó a coescribir el guion para su proyecto con tema SUD, que acabó en llamarse Melted Hearts, a él y a mí sólo nos importaba que la historia funcionara para nosotros, para el público SUD y para la productora, que comercializaba películas en EUA dirigidas al público hispano. Los personajes fueron elogiados en el LDS Film Festival, pero el elemento seguía ahí: se trataba de una comedia romántica mexicana sobre un ex misionero que se va de mojado para declarar su amor. Ahí sí hay un protagonista con nombre, con arco, con voluntad propia, y el tema era la alegoría de perseguir el sueño americano en salsa mormona. Amo el proyecto y me ha brindado momentos hermosos, pero soy consciente de que la película circula casi exclusivamente dentro de un circuito de distribución especializado en audiencias SUD. Se hizo, en el mejor sentido, para nosotros y no para las masas de consumo que sí conocen —sin pestañear— a un cura torturado por la duda o a una pastora evangélica luchando contra su propia hipocresía, porque esos relatos llevan generaciones circulando en el mainstream.
Ahí está el problema con el que quiero quedarme: no es solo que nos representen poco. Es que cuando nos representan desde afuera, somos un estereotipo casi siempre asociado al misionero de corbata y placa —admitamos que Hugo Sánchez puede ser un misionero recién retornado sin problema—; pero cuando nos representamos desde adentro, todavía no salimos del cuarto propio.
El hábito de esconder lo sagrado
Creo que parte de la responsabilidad es nuestra, como escritores. Mucho se ha dicho del público que está esperando o no, incluso de si está listo o puede valorar algo. Pero aquí hablo directamente como escritor. Hay una reacción casi refleja, muy asentada en la cultura SUD, de tratar lo sagrado como algo que se protege ocultándolo: no se habla del templo, no se exhiben las dudas, no se muestra el amor en su plano corporal, no se airean los conflictos familiares que la fe genera o no resuelve—. Ese reflejo tiene sentido dentro de la vida devocional pero resulta un desastre en lo que atañe a la escritura creativa.
Porque la ficción que perdura no es la que blindas, sino la que abres. Un personaje católico puede dudar públicamente de la existencia de Dios en una novela y seguir siendo, para el lector, irreductiblemente católico. Un personaje evangélico puede caer en la hipocresía, la codicia, el fanatismo, y seguir siendo humano, porque el lector ya tiene décadas de ficción enseñándole que la fe y la falla conviven en la misma persona. A los personajes SUD casi nunca se les concede ese mismo crédito narrativo, en parte porque quienes mejor podrían escribirlos —nosotros— hemos preferido, con frecuencia, mostrar solo el lado luminoso mediante ejercicios de imaginación muy limitada donde siempre salgan bien parados, o de plano no mostrar nada, por miedo a que lo sagrado se ensucie al tocarlo en la página.
Pero aquí está la clave: lo sagrado no se ensucia al escribirse con sombra. Se vuelve creíble y conecta. Vuelve a los personajes entrañables.
Lo que nos falta no es talento
James Goldberg, en su ensayo reciente sobre la literatura mormona angloparlante, hace una observación que aplica todavía con más fuerza de este lado del idioma: un canon no se construye solo con obras buenas, se construye con una comunidad que decide leer esas obras con atención sostenida, y con instituciones —editoriales, crítica, plataformas— que las sostienen en el tiempo.
En español, esa infraestructura [casi] no existe todavía. Lo que sí existe, como vimos, es una producción “de nicho” —cine, más que literatura, y hecho para consumo interno— y una serie de retratos externos que nos usan como curiosidad cómica.
Lo que falta, entonces, no es solamente un personaje bien escrito, sino un escritor SUD con suficiente trayectoria, plataforma y credibilidad literaria para que ese personaje llegue a un lector que no es SUD y que, aun así, lo reconozca como humano. Eso no se logra escribiendo exclusivamente para nuestra propia audiencia, por más digno que sea ese ejercicio. Se logra escribiendo con la ambición de que el libro, el cuento, el guion, compita —en mesas de librería, en catálogos editoriales, en festivales— con la mejor ficción disponible, sin la muleta de un canal de distribución especializado que nos garantice lectores ya convencidos.
Eso no exige abandonar lo independiente. La vía independiente, hecha con oficio y ambición, puede construir esa credibilidad tan bien como cualquier sello grande —de hecho, probablemente mejor, porque no exige pasar primero por el filtro de un editor que no sabe qué hacer con nosotros —eso me lleva a que también debemos intentar poner en las casas editoriales editores “suficientes” que no descarten por defecto lo que simplemente queda más lejos que su nariz—. Lo que sí exige es una decisión editorial clara: escribir hacia afuera, no hacia adentro. Escribir para el lector que no sabe nada de la palabra de sabiduría, del llamamiento, del día de ayuno, y que aun así necesita entender —sin manual, sin glosario, sin apología— por qué a este personaje esa fe le cuesta tanto y le da tanto al mismo tiempo.
Voces en el desierto: tres novelas
Y sin embargo, no todo ha sido silencio o caricatura. Existen al menos tres novelas hispanoamericanas recientes que demuestran que el oficio literario para escribir esto ya existe entre nosotros —lo que todavía no existe es el lugar donde ese oficio pueda encontrarse con su lector.
Lo que traté de hacer con Eleusis (2016), bajo mi pseudónimo R. de la Lanza, fue precisamente destapar el basurero emocional y espiritual del hotel de lujo que es la vida SUD en México. Modestia aparte, y a decir de otras personas, no yo, es la novela SUD en español más ambiciosa que se ha escrito hasta ahora: una historia coral y multigeneracional de dos familias mormonas mexicanas, tejida con referencias históricas —una convención cismática, un internado, una traducción histórica del Libro de Mormón al español—, que no le teme a la sexualidad desesperada, a la hipocresía moral ni a la duda que se instala para quedarse. Me propuse mostrar la luz y la sombra, y algo conseguí. Eleusis ganó en 2022 el premio a Mejor Novela en lengua no inglesa de la Association for Mormon Letters, y uno de sus capítulos fue traducido al inglés para una revista académica mormona en Estados Unidos (sí, ese fue James, y justo ahora está en proceso la traducción completa).
Pero en español —incluso entre lectores SUD— Eleusis sigue siendo casi desconocida. Y creo que sé por qué: a final de cuentas es una novela escrita en diálogo directo con las ansiedades internas de la propia cultura mormona —cómo hablar del cuerpo, cómo hablar del cisma, cómo hablar de la duda sin que la comunidad se sienta traicionada—, no con la curiosidad de un lector de afuera. Le habla a la conciencia SUD sobre sí misma, pero me hago cargo de que ese diálogo lo vuelvo exigente intelectualmente, y eso no es siempre una virtud. Por eso, aunque tiene todo el oficio, terminó encontrando su mejor acogida crítica en una asociación literaria angloparlante antes que en el mundo editorial de su propio idioma.
Distinto es el caso de Noria (2020). Juan Antonio Santoyo tomó la ruta contraria y llegó más lejos en el circuito literario mexicano: la publicó una editorial de trayectoria real, la presentó una booktuber, la reseñó la prensa cultural. Es la historia, en primera persona, del despertar de un niño durante unas vacaciones familiares, y logra una voz interior genuinamente compleja. Pero la novela nunca nombra la iglesia. Lo que un lector SUD reconoce de inmediato —la Escuela Dominical, el peso doctrinal de la eternidad, la disciplina de una familia recién convertida— queda ahí, como textura y como parte de la configuración moral ante la que se para el jovencito, pero nunca como asunto declarado. Es una decisión que puede leerse como una estrategia inteligente para esquivar el encasillamiento, y también, al mismo tiempo, como la prueba de que hasta cuando un autor SUD sí logra llegar al mainstream, la fe todavía tiene que hacerlo de incógnito.
El tercer caso es el más reciente. En su novela La dama errante en la ciudad del fin del mundo (2025), de Gabriel González Núñez. No se nombra la iglesia ni se exponen puntos de su doctrina, sino que se dejan sembrados elementos alegóricos del peregrinar humano en búsqueda de aquel conocimiento pleno que se obtiene al atravesar el umbral final, un poco como lo que parecía buscar el capitán Walton al inicio de la novela Frankenstein, de Mary Shelley o incluso lo que vive el protagonista de Las aventuras de Arthur Gordon Pym de Nantucket, de Poe, que cruza una especie de velo gigantesco de luz y resplandor de hielo o nubes.
Ninguna de las tres rutas ha producido todavía lo que buscamos: un personaje SUD nombrado sin pudor, complejo sin concesiones, leído por las masas de consumo en español. Eleusis prueba que se puede escribir con toda la sombra necesaria, pero se queda sin el público amplio. Noria prueba que se puede llegar a ese público amplio, pero al precio de borrar el nombre. La dama errante prueba que el lore mormón (su teología, su historia y su cultura) son perfectamente susceptibles del simbolismo universal, pero camina con pasos de plomo y con un sigilo que le permite desentenderse incluso de toda relación con el asunto.
El oficio, entonces, ya está entre nosotros. Lo que falta es una obra —o una carrera— que no tenga que elegir entre las dos cosas.
Una fe, con luz y con sombra
El personaje SUD que necesitamos escribir, entonces, no es el que toca la puerta de un incauto, sea para encontrar una “familia de oro” o para una escena sexual de vodevil (como en el cortometraje Mormón de la cineasta española Ceres Machado) , ni el que resuelve su arco espiritual en veinte minutos de metraje hecho para consumo interno. Es el que atraviesa la vida con la duda teológica sangrando de su alma. El que ama a alguien que su fe no le permite amar como quisiera, pero aún así lo hace con una altura y una perfección insospechadas. El que encuentra en la disciplina de su religión una fuerza real, no impostada, y también una cárcel real, no exagerada, no sólo para superar sus demonios sino para domeñar el mundo y reconfirgurarlo. El que puede, en la misma escena, orar con sinceridad y mentir por vergüenza. El que no necesita que el lector comparta su fe para entender por qué la sostiene, ni que la abandone para que su historia tenga final feliz.
Conocemos a mil personajes así, sólo que ninguno hasta ahora ha sido uno que los domingos vayan a la capilla. Ese personaje todavía no existe, o casi no existe, en el mainstream de la ficción en español. Escribirlo —con calidad suficiente para competir, no para consolar; con la ambición de llegar a las masas de consumo y no solo a la congregación— es, quizás, la tarea pendiente más concreta e inmediata que tenemos por delante.


