La colmena que nos toca construir

Dos de los diez escritores más vendidos en la actualidad es SUD. Así lo revela James Goldberg en su monumental y formidable artículo “Mormon Literature Is Arriving“. El dato es fulgurante. ¿Cuánto de ese fulgor ilumina el redil hispanoamericano? ¿Cuánto hay por hacer?

Rafael Vázquez

Hay ensayos que brillan por su valentía y ensayos que deslumbran con su lucidez. Y luego, muy aparte, están los ensayos que convocan como si fueran pronunciados en una tribuna ante una audiencia multitudinaria y se anclan en el alma. El de James Goldberg, publicado en Wayfare bajo el título “Mormon Literature Is Arriving”, es el grial de esa tercera categoría, y es precisamente ese enfoque de llamado —más que de crónica o de reportaje— lo que lo vuelve una lectura indispensable también para quienes escribimos, publicalos y en especial leemos literatura SUD en español.

Conviene decirlo sin rodeos: pocas personas podrían haber escrito este texto con la autoridad que exhibe Goldberg. No se trata solo de que domine el corpus —desde A Short Stay in Hell de Steven Peck hasta el Cosmere de Brandon Sanderson, pasando por Stephenie Meyer y el ensayo de Caitlyn Flanagan en The Atlantic—, sino de que lo hace desde dentro, con la memoria de quien ha vivido dos décadas escribiendo, enseñando y defendiendo esta tradición en las trincheras menos glamorosas: los programas de posgrado que desalientan el tema, los syllabi que hay que justificar, los estudiantes que heredan el desdén cultural sin saber muy bien por qué lo sienten. El gran James, magnánimo y jovial, no llega al asunto como observador; se pone casi solemne como quien que ha pagado el precio de tomar en serio la literatura enraizada en la fe, cuando pocos lo hacían. Esa clase de autoridad no se improvisa ni se investiga desde afuera: se acumula, y en este ensayo se nota en cada párrafo.

El argumento central, y por qué duele

James parte de una noticia concreta: la inclusión de Peck en la colección Vintage Classics (nada más y nada menos que de Penguin Random House), donde comparte asiento con Gabriel García Márquez y Toni Morrison —Nota mental: ambos premios Nobel, uno por trascender los límites de la imaginación en lengua española y otra por poner el lenguaje literario al servicio del reclamo por justicia y derechos— para tender un argumento mucho más ambicioso: que la literatura mormona ya tiene lectores, ya tiene éxitos comerciales y de crítica, y sin embargo carece casi por completo de la infraestructura crítica que transformaría esos logros individuales en una tradición reconocida como tal.

Y es que en el argumento de A Short Stay in Hell, el protagonista es un joven SUD cuyos conceptos espirituales y teológicos se ven de alguna manera proyectaos, desafiados y reinterpretados en una aventura que no pude evitar que me hiciera pensar en la película Un día con el diablo de Cantinflas.

James distingue entre el genio de Shakespeare y la atención sostenida que generaciones de lectores le han dedicado —una idea que le atribuye a su amigo Eric Jepson—. Esta distinción es, para mí, el núcleo del ensayo. Un canon no nace solo del talento, sino de la lectura intensa y acumulada que una comunidad decide dedicarle a través del tiempo. Y ahí, como dice James sin eufemismos, los mormones seguimos en deuda con nosotros mismos.

Es un diagnóstico incómodo, y ahí radica buena parte de su valor. James no le echa la culpa únicamente a los estereotipos externos —esos que van del siglo XIX a los reportajes recientes sobre Sanderson— sino que señala, con una honestidad poco frecuente, la vergüenza cultural interna: esa costumbre de creer nuestra propia inferioridad literaria antes de que nadie más nos la imponga.

Lo que este espejo revela desde el español

Y eso que James sistemáticamente sólo cubre el corpus y el público mormón anglosajón y la nebulosa en torno a ello. Leído desde una editorial que impulsa narrativa, poesía y ensayo SUD en español, el texto de James Goldberg funciona como un espejo mágico doblemente exigente. Porque si la comunidad angloparlante —con Deseret Book, Storymakers, la Association for Mormon Letters, décadas de premios y listas de bestsellers— todavía se pregunta si ha construido suficiente andamiaje crítico, ¿qué decir de nosotros, que apenas empezamos a imaginar ese andamiaje en nuestro propio idioma?

Y sin embargo, ahí está también la promesa. James cita la vieja predicción de Orson F. Whitney sobre “nuestros propios Miltons y Shakespeares” no como una meta de prestigio, sino como una invitación a “construir nuestra propia colmena y panal”, es decir, congregar lectores y generar el alimento literario para que aquí vivan de él, incluso mientras aprendemos de las flores ajenas. Esa imagen —tomar lo mejor de la tradición literaria universal sin renunciar a cultivar la voz propia— es exactamente la tarea que tenemos por delante los escritores SUD de habla hispana: no esperar el aval de un sello extranjero para empezar a leernos con la intensidad que merecemos, sino construir, desde ya, nuestros propios círculos de lectura, nuestras propias revistas, nuestra propia crítica.

Una advertencia y una posibilidad

La nota mental de hace unas líneas significa mucho porque James es impulsor y benefactor de mucha producción literaria SUD en español. De modo que tiene incluso ese lado casi apostólico: busca en todos los rincones, y siembra la semilla y la riega. Es algo que toda persona SUD con inquietudes literarias agradecerá infinitamente tarde o temprano.

Ese es, quizá, el mejor elogio que se le puede hacer a un texto como este: que no se limita a describir un fenómeno, sino que deja una tarea pendiente y una pregunta abierta para quienes lo leemos desde otra lengua y otra orilla. James ha tendido su parte de la colmena y ha ayudado a otras colmenas a surgir. La nuestra, en español, apenas empieza a construirse —en gran parte gracias a su intervención— y su ensayo, generoso e incisivo a la vez, es una buena piedra fundacional desde la cual empezar.

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