‘Amanecer en Catemaco’, relato de Sergio Nieto

La puerta se abrió antes de que pudieran tocar, revelando la figura encorvada de un hombre mayor, de ojos oscuros y penetrantes.

—Pasen —gruñó el hombre, con una voz áspera y autoritaria—. Los estaba esperando.

Los jóvenes misioneros se detuvieron en seco en el umbral de la casa. Aunque estaban acostumbrados a enfrentarse a situaciones incómodas en su labor proselitista, algo en el ambiente de esa casa les helaba la sangre.

El élder Santiago, siempre firme y seguro, intercambió una mirada rápida con su compañero antes de dar el primer paso hacia el interior. El élder Romero lo siguió, aunque con un presentimiento sombrío que no lograba sacudirse. La casa estaba oscura, impregnada de un aroma a incienso rancio y decorada con símbolos extraños que parecían observarlos desde las sombras. Era un contraste abrumador: ellos, en calidad de misioneros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, representaban la luz y la fe entrando en un territorio de oscuridad.

El hombre se presentó como Don Lázaro y se sentó frente a ellos con una sonrisa torcida, como si supiera algo que ellos no. Su mirada recorría cada rincón de sus almas, especialmente la del élder Romero, quien se sintió desnudo ante aquellos ojos siniestros.

—Mi maestro me dijo que vendrían —dijo Don Lázaro, rompiendo el silencio con una calma inquietante—. Sabía que ustedes, mis enemigos, llegarían a este lugar. Y me encargó que les diera una advertencia. Este es mi dominio. Catemaco no es lugar para ustedes. Lárguense ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Los misioneros habían llegado a Catemaco con la esperanza de compartir un mensaje de redención, pero lo que encontraron fue algo mucho más antiguo y aterrador. Ubicada en el corazón del estado mexicano de Veracruz, Catemaco es una ciudad que parece atrapada en el tiempo, envuelta en un aura de misterio y leyendas que se remonta siglos atrás. A simple vista, sus verdes montañas, sus lagos serenos y su densa vegetación tropical podrían parecer un remanso de paz, pero para quienes conocen su historia, Catemaco es mucho más que un simple destino turístico. Es un lugar donde lo sobrenatural convive con lo cotidiano, y donde la magia y la brujería han dejado una huella profunda en sus habitantes.

Desde tiempos prehispánicos, los chamanes y curanderos de la región han sido reconocidos por su conocimiento de las fuerzas ocultas. Con la llegada de la colonización, estas prácticas ancestrales se mezclaron con las creencias cristianas, creando un sincretismo único donde lo sagrado y lo profano se entrelazan. Hoy en día, Catemaco es famosa por sus brujos, quienes, año tras año, atraen a curiosos y creyentes de todo el mundo en busca de curaciones, hechizos y protección espiritual.

Sin embargo, no todas las fuerzas en Catemaco son benevolentes. La ciudad también es conocida por su oscura reputación como centro de rituales y prácticas prohibidas. En las profundidades de sus selvas y en las aguas del lago, hay algo más que simples leyendas: una fuerza maligna que ha habitado el lugar por generaciones.

La línea entre lo espiritual y lo terrenal es tan delgada en Catemaco, y estos misioneros iban a averiguar por sí mismos que el pasado siempre encuentra una manera de regresar.

Aquel día, los jóvenes misioneros habían caminado por las estrechas calles empedradas, bajo el intenso calor del mediodía. El élder Santiago, con su cabello oscuro y expresión seria, había sido llamado como misionero hace poco más de un año. Devoto y firme en su fe, no se dejaba impresionar por las leyendas que envolvían la región. El élder Romero, por su parte, era de semblante tranquilo, pero con una sombra en sus ojos. Había sido asignado a esta misión apenas seis meses antes y llevaba consigo un secreto que lo corroía desde dentro.

Era el cumpleaños del élder Romero, un día que usualmente traería alegría y celebración, pero él sentía una inquietud profunda. Aquella mañana, durante su estudio personal, había intentado ignorar los recuerdos que lo asaltaban, pero las imágenes de lo que había hecho con Mariana Aguilar, antes de partir a la misión, se le presentaban una y otra vez. Se había convencido a sí mismo de que lo olvidaría, de que su misión lo redimiría, pero ese día en particular, la culpa era ineludible.

Mientras caminaban, Santiago notó la distracción en su compañero y le preguntó si todo estaba bien. Romero, con una sonrisa forzada, asintió y mencionó que solo era el cansancio del trabajo.

Esa tarde, mientras se acercaban a la última casa de la calle, algo inusual sucedió. La puerta, una estructura de madera antigua y agrietada, se abrió lentamente antes de que pudieran tocar. Un hombre mayor, con una túnica de lino y ojos penetrantes, se encontraba en el umbral. Su mirada parecía atravesarlos.

—Pasen. Los estaba esperando 

Minutos después les advertía:

—¡Lárguense!

El élder Santiago, que no creía en supersticiones, se inclinó hacia adelante, enfrentando al brujo con confianza.

—No creemos en estas cosas, Don Lázaro. Estamos aquí para compartir un mensaje de Jesucristo. No hay necesidad de amenazas.

Don Lázaro no respondió de inmediato. En lugar de eso, dirigió su mirada al élder Romero, quien se estremeció al sentir la intensidad de esos ojos que parecían escudriñar su alma.

—Convéncelo de irse —dijo el brujo, su voz cargada de una ominosa advertencia—. ¿O quieres que le cuente a tu compañero lo que hiciste con Mariana Aguilar?

El élder Romero sintió como si el mundo se derrumbara a su alrededor. Su piel se tornó fría y su respiración se aceleró. ¿Cómo podía saber aquel hombre lo que había hecho? ¿Cómo conocía su mayor secreto, el pecado que había tratado de enterrar bajo su misión?

—¿Qué está diciendo? —preguntó el élder Santiago, confundido al ver la reacción de su compañero.

Pero antes de que el élder Romero pudiera responder, el brujo se levantó y, con una carcajada que resonó en toda la casa, les ordenó que se marcharan de su hogar. Los misioneros se levantaron rápidamente, tropezando en su prisa por salir. Afuera, el cielo se había nublado repentinamente, y un viento frío azotaba las calles vacías.

Corrieron hasta su casa, sin intercambiar palabras. El élder Santiago, desconcertado pero preocupado por su compañerp, guardó silencio, sabiendo que algo oscuro y profundo se avecinaba. Pero antes de que pudieran hacer algo más, el eco de la risa de Don Lázaro resonó en la distancia, recordándoles que en Catemaco los secretos nunca permanecen enterrados por mucho tiempo.

Aquella noche, después de la perturbadora visita a la casa de Don Lázaro, los élderes Santiago y Romero se acostaron en sus camas, incapaces de conciliar el sueño.

—¿Mariana Aguilar? ¿Quién es ella? —preguntó Santiago.

Romero le dijo a su compañero que lo dejara acomodar sus ideas y que al día siguiente le contaría. El ambiente en la habitación estaba cargado de una tensión que no se podía explicar, como si algo invisible y malicioso se filtrara a través de las paredes.

El élder Romero cerró los ojos, tratando de orar, pero las palabras no salían. En su mente, solo podía ver el rostro de Mariana Aguilar y el siniestro rostro de Don Lázaro, quien parecía conocerlo mejor que él mismo. La culpa que había intentado reprimir durante meses ahora era un peso insoportable en su pecho. Sabía que debía hacer lo correcto, pero el miedo lo paralizaba.

Finalmente, el agotamiento lo venció, y cayó en un sueño profundo. Soñó con Mariana, con el día en que cometió su error, y con las consecuencias que temía enfrentar. En su sueño, corría por las calles de Catemaco, pero cada puerta que tocaba era la misma, la puerta de Don Lázaro. Y cada vez que entraba, el brujo estaba allí, riendo, con la misma pregunta: “¿Ya le contaste lo que hiciste?”

De repente, un ruido penetrante rompió la oscuridad del sueño. Era el sonido del despertador. Romero abrió los ojos bruscamente, con la respiración entrecortada. Se dio cuenta de que estaba empapado en sudor. Miró a su alrededor y vio que el élder Santiago también se había despertado, parpadeando mientras trataba de ubicarse en la realidad.

Pero algo no estaba bien. El élder Romero se quedó inmóvil mientras una sensación de déjà vu lo invadía. Miró el calendario en la pared, el cual señalaba claramente la fecha: era el día de su cumpleaños. Nuevamente.

Un terror frío lo recorrió. Sabía que no era posible, pero todo parecía indicar que el tiempo se había reiniciado, llevándolo de vuelta al inicio de su peor pesadilla.

El élder Santiago, notando el pánico en los ojos de su compañero, se inclinó hacia él.

—¿Estás bien? —preguntó con preocupación.

Romero tragó saliva, luchando por encontrar las palabras. Todo lo que había experimentado, el enfrentamiento con Don Lázaro, las revelaciones sobre su pecado, ahora se sentían más reales que nunca. Y comprendió que ya no podía seguir huyendo.

—Debo hablarle al presidente —dijo finalmente, con voz temblorosa—. Debo confesarle algo.

El élder Santiago lo miró fijamente, dándose cuenta de la gravedad de lo que su compañero estaba por decir. Pero antes de que pudiera responder, un estruendo lejano resonó desde las afueras de la casa, como si algo grande y pesado hubiera caído sobre la tierra. El eco de una risa familiar, profunda y burlona, flotó en el aire, desvaneciéndose lentamente. El élder Santiago dijo que se había escuchado como una carcajada demonica. 

El élder Romero sabía que no había vuelta atrás. Mientras los misioneros salían de su casa para hacer la llamada al presidente, una inquietante duda comenzó a formarse en la mente del élder Romero. ¿Había sido todo aquello una simple pesadilla? Los eventos de la noche anterior —la risa del brujo, la amenaza sobre su pecado, y el extraño reinicio del tiempo— eran tan vívidos que se sentían reales. Sin embargo, la lógica dictaba que un ciclo temporal no era posible. Tal vez todo había sido fruto de su propia culpa, un reflejo de su mente torturada, atrapada en un sueño del que ahora había despertado.

Por un lado, si realmente había sido solo una pesadilla, todo el horror vivido en Catemaco no era más que una proyección de sus remordimientos. Y aunque debía confesar su pecado, al menos podía consolarse con la idea de que la magia y las amenazas de Don Lázaro no tenían poder sobre ellos. La confesión al presidente lo liberaría de su carga interna, y la pesadilla terminaría junto con su culpa.

Pero por otro lado, ¿y si no lo era? ¿Y si la brujería de Catemaco realmente había reiniciado el tiempo? Después de todo esa misma mañana habían escuchado una risa demoniaca. Si Don Lázaro no era solo una figura onírica, sino un brujo capaz de manipular el mundo a su voluntad, la confesión no sería suficiente para protegerlos. El peligro aún acechaba en las sombras del pueblo, esperando el momento para regresar y reclamar lo que consideraba suyo. Incluso con la confesión, los misioneros podrían estar en peligro, con la amenaza de Don Lázaro siempre presente, observándolos desde el límite de lo real y lo sobrenatural.

Esa incertidumbre, la fina línea entre lo que era real y lo que no, atormentaría a los élderes por el resto de su tiempo en Catemaco. Tal vez todo había sido un sueño. O tal vez, en lo profundo de la brujería que dominaba el lugar, lo real y lo irreal se mezclaban de manera imposible de desenredar. Solo el tiempo lo diría. Mientras tanto, la risa distante de Don Lázaro seguía resonando, como una advertencia de que, pesadilla o no, Catemaco no los dejaría ir fácilmente.

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