Charla dominical sobre sexo

Deja Earley es una magnífica y multipremiada poetisa miembro de la iglesia. Creció en San Diego y en Salt Lake City. Obtuvo una maestría en BYU. Tiene un Doctorado en Creación Literaria e Inglés por el Centro de Escritores de la Universidad del Sur de Misisipi. Escribe poesía y ensayo. Ha publicado su obra en una variedad de revistas y diarios, incluyendo el Utne ReaderSugar House ReviewIodine Poetry JournalDialogue y Bat City Review. Está casada con el escritor Sam Ruddick, con el que tiene una hija.

El siguiente poema está publicado en la revista Dialogue: A Journal of Mormon Thought (Diálogo: Una revista sobre el pensamiento mormón) vol. 44, no. 3 (Otoño de 2011). Abajo hay una traducción libre.

Sex Talk Sunday

I sit in a class of virginal twenty-somethings,

rows of polka dot skirts, shiny shoes, sculpted hair, 

waiting for a stern and nervous bishop to deliver the semi-annual sex talk.

He stands, buttons his suit coat, unwraps delicate tissues from a bakery brownie, 

and hands it to the first girl on the front row. “Pass it around,” he says.

While it winds back, he preaches the joy 

of matrimonial union, the dangers of being

alone in dark places with boys, staying late, watching movies horizontally. 

When the brownie returns, he leans in and lowers his voice.

“You see,” he says, “who will want it now?” 

And I’m thinking that it doesn’t look too bad,

that I’d like nothing better than to push past the bishop 

and lick that brownie very slowly. 

Or better, bite.

Charla dominical sobre sexo

Me siento en una clase de virginales veinteañeras,

filas de faldas de lunares, zapatos lustrados, cabello arreglado, 

esperando que un severo y nervioso obispo dé la charla semestral sobre sexo. 

Él se para, abotona su saco, desenvuelve la delicada envoltura de una galleta de chocolate, 

y la entrega a la primera chica de la fila de enfrente.  “Váyanla pasando,” dice.

Mientras se repliega, enseña sobre el gozo 

de la unión matrimonial, los peligros de estar

a solas en sitios oscuros con los chicos, quedarse

hasta tarde viendo películas horizontalmente. 

Cuando regresa la galleta, él se inclina y baja la voz. “¿Lo ven?,” dice, “¿Quién la querrá ahora?” 

Y yo estoy pensando en que no se ve tan mal,

y que nada me gustaría más que hacer a un lado al obispo 

y lamer esa galleta muy lentamente.

O mejor aún: morderla.