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Citlalli H. Xochitiotzin, sensibilidad y poesía

por Gabriel González Núñez*

Cuenta con una larga carrera en el ámbito literario y cultural. Desde principios de los 80 hasta la actualidad ha publicado poemas, ensayos, literatura infantil y hasta una novela. También se ha destacado en la promoción de la cultura, organizando talleres, fundando institutos y fomentando la creación de bibliotecas.

Todo este empuje de Citlalli Xochitiotzin proviene de las impresiones que dejó en ella su infancia. Su padre, Desiderio Hernández Xochitiotzin, fue un extraordinario muralista mexicano de renombre internacional. Él apostó a la lectura en su familia, e invirtió en la compra de libros, enciclopedias, diccionarios para que sus hijos leyeran.

Fue así que nació en la pequeña Citlalli un amor por la lectura que la llevaría a transitar a lo largo de la vida por las páginas de Julio Verne, San Juan de la Cruz, Octavio Paz y muchos más. Su madre, Lilia Ortega Lira, fue actriz de teatro no profesional. A ella le gustaba cantar en las fiestas y narrar historias a sus hijos para ponerlos a dormir. La influencia materna fue crucial en el desarrollo de Citlalli.

Una artista de linaje

En este ambiente de pintura, libros, canto, teatro y cuentos, la niña Citlalli cultivó una sensibilidad por lo estético. Cuando visitaba con sus hermanos a su abuela, armaban espectáculos de danza, canto y declamación. Allí estrenó su opera prima: una obra de teatro en la cual un árbol expresaba sus deseos de no ser cortado.

La literatura, en particular la poesía, es un fenómeno estético que alimenta el espíritu. Como las Escrituras, es el diálogo con Dios.

La temática de esta pieza teatral infantil refleja que Xochitiotzin cultivaba también la compasión por el dolor ajeno. Desde muy pequeña empezó a preocuparle el porqué del sufrimiento.

«En mi ciudad natal —dice al evocar su infancia en Puebla— recuerdan el sacrificio expiatorio de Cristo con esculturas muy dolientes, expresivas, dramáticas. Desde muy pequeña quise entender por qué lo hacían sufrir, por qué la insistencia anual de llorarle y no de sanarle o ayudarle. Me negaba categóricamente a que mis padres me llevaran a esas procesiones dolientes y desesperadas de mujeres y hombres volviendo a llorar sin resolver el dolor de Cristo o el de otros. Me aprendí de memoria el verso de San Juan de la Cruz:

»No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Me mueves tú, Señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No tienes que me dar porque te quiera,
pues aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.»

El arte y el evangelio

Sus inquietudes en cuanto al dolor ajeno la llevaron a estudiar filosofía, aunque no por ello dejó de sentir la seducción de la literatura que, nos dice ella, siempre «fue como respirar». Para Xochitiotzin la literatura, en particular la poesía, «es un fenómeno estético que alimenta el espíritu. […] Como las escrituras, es el diálogo con Dios». Por ese motivo, no le sorprende que las autoridades generales de la Iglesia citen con frecuencia a los grandes autores de la literatura universal.

Sobre la relación entre la literatura y el evangelio, Xochitiotzin reflexiona: «La Iglesia centra su enseñanza en los libros sagrados; es así como el Señor trabaja. Pero es la belleza en la que Él también trabaja. Ahí esta los himnos, ahí está el Artículo de Fe número 11: aspiramos a lo mejor, y ahí está en los principios: Dios es un giro perpetuo, inteligencia pura, y somos semejantes a Él.

»El aprendizaje no está peleado con los retos educativos de la sensibilidad que tenemos como humanos —continúa—. La dureza de corazón, la insensibilidad de la que habla el Libro de Mormón, y el apocalipsis que viviríamos en los últimos días no son un impedimento para asumir la literatura y el arte. Dios nos pide aprender, refinar nuestro espíritu; un espíritu refinado aspira la belleza del entorno, de la música, del arte, de la armonía. Dios emplea la belleza como un lenguaje didáctico no solo ético. Impacta su belleza, y nos transforma».

El futuro de la literatura SUD

Alentada por esa visión de la función didáctica de la belleza en el plan de Dios, Xochitiotzin considera que los santos de los últimos días tenemos algo importante que aportar a las letras. «El mundo está como está por la dureza que invade todo», lamenta.

Acto seguido, remata: «Queda por escribirse una literatura de América Latina con lo que estamos observando desde la visión de nuestro testimonio».

Xochitiotzin entiende que el camino no es fácil. Suelen faltar en igual medida apoyo, tiempo y recursos. Sin embargo, ella mantiene la esperanza de que otros también se esmeren por producir esa literatura que emana de la sensibilidad que proviene del Espíritu.

Por eso, nos deja con un consejo directo y amplio:

«Si alguien quiere ser escritor, se tiene que preparar, trabajar: a leer, a estudiar, a saber de la tradición literaria en su país y en la literatura universal, a buscar editor, a pelearse con el texto, a ser resistente, a ser sano en tu pensar, a remar contra corriente, a buscar tener a Dios de tu lado para que te apoye y proteja».

Este es el reto, y el ejemplo, que nos deja Citlalli H. Xochitiotzin, sensible poeta de nuestros días.


*Este artículo apareció en el número 2.4 de El Pregonero de Deseret, el boletín de la Cofradía de Letras Mormonas.